Del “Nosotros” al “Sálvese quien pueda”: Radiografía de una empatía en retroceso

 Si recurrimos al Diccionario de la Real Academia Española, observamos que define EMPATÍA como la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. También describe el término como una identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.




Muchas personas, cuando se ven tentados a juzgar, puede aparecer a nivel de conciencia, una expresión tal como “ponerse en los zapatos del otro”, y eso sirve para poder tratar de entender los motivos por el cual otra persona piensa u obra de una determinada forma.


En muchos aspectos, en nuestra sociedad actual parece que esa capacidad de comprender el dolor o la alegría del otro, parece estar un tanto adormecida, pues vivimos en una sociedad en la cual el individualismo ha venido creciendo, y por lo tanto, el “sálvese quien pueda”, cada vez se acentúa más como una regla.


Hay quienes definen la empatía como un pegamento social, pues la inexistencia de ella hace que la convivencia sea un poco más complicada. Y podemos observar que ese “pegamento” se está debilitando.


Nuestro actual contexto económico: Cuando a prioridad es la supervivencia 


No podemos ignorar que uno de los factores principales de nuestro actual contexto es la crisis económica crónica y creciente. La pérdida de poder adquisitivo, la inestabilidad laboral y los cambios bruscos y constantes de las reglas de juego social y económico  generan una sensación de incertidumbre que potencia el individualismo y el “sálvese quien pueda”.


Cuando una persona siente que cuesta mucho sostener su propia vida, que incluye los gastos de vivienda, alimentos, salud y educación, con cada vez una menor capacidad de cubrirlos, su energía mental se concentra en sobrevivir.


No es, en principio que renuncia a la empatía, pero la creciente preocupación por resolver sus propios problemas del día a día reduce la capacidad de mirar algo más allá de su círculo inmediato; porque, en contextos de escasez, las sociedades tienden a volverse más defensivas.


También, en los últimos años se ha fortalecido un discurso basado en el mérito individual (la meritocracia), donde se ha instalado la expresión “el que quiere, puede”. Podemos convenir que el esfuerzo personal es valioso, pero si absolutizamos el concepto, puede derivar en una mirada un tanto equivocada hacia quienes no pueden lograr crecer. No todos partimos desde el mismo lugar. Factores económicos, sociales, culturales, educativos y de salud, nos muestran que cada individuo parte de un lugar distinto, algunos más favorecidos y otros menos aliviados.


Argentina es un país en el cual se observa un crecimiento de la desigualdad, puesto que las oportunidades no son iguales para todos; pero si se niega o no se observa adecuadamente esa desigualdad estructural, seguramente se va a ver debilitada la capacidad de comprender las trayectorias ajenas.


Polarización y Grieta 


Otro elemento clave es la polarización política. La llamada “grieta” no es solo un fenómeno mediático, atraviesa familias, grupos de amigos y espacios de trabajo. El “otro” deja de ser simplemente alguien que piensa diferente, y pasa a ser enemigo.


Solo se empatiza con los propios, y simplemente estamos dispuestos a ver y seguir las opiniones similares a las nuestras; las diferentes, mayormente se rechazan, a veces, sin evaluarlas.


La empatía requiere disponibilidad emocional; pero cuando una sociedad está emocionalmente saturada, esa disponibilidad tiende a desaparecer o por lo menos a disminuir.


Nuestra realidad también nos muestra que la confianza en las instituciones es baja, tanto en la política, como en la justicia o en las fuerzas de seguridad. Y esa desconfianza se traslada al plano interpersonal; y si el sistema no es confiable, ¿Cómo puedo confiar en “el otro”?


Y, cuando cada uno percibe que debe arreglarse solo, porque el sistema no lo protege, el individualismo se convierte en la estrategia de defensa más razonable.


¿Podríamos decir que la empatía está en un fuerte proceso de desaparición? La respuesta es “no”, porque la realidad nos muestra que conviven dos marcadas tendencias. Por un lado, el individualismo y la fragmentación; por otro seguimos teniendo una fuerte tradición solidaria, pero que toma dimensión en momentos críticos, como por ejemplo en inundaciones, o emergencias sanitarias. Esto nos pone a la luz que la empatía no desapareció, pero se activa con situaciones de emergencias y tiene una menor presencia en el día a día. Por lo tanto, podemos definirla como intermitente, pero no estructural.


¿Podrá ser la empatía una virtud estructural en nuestra sociedad?


Podemos reflexionar que si la empatía se encuentra algo debilitada no es por una falla moral individual, sino por un conjunto de condiciones sociales, culturales y económicas. Comprender el contexto nos podría permitir analizar con más objetividad las causas.


Para poder recuperarla de una manera estructural es necesario fortalecer la educación emocional desde la más temprana infancia, donde los niños aprendan a promover el diálogo en lugar de la descalificación o el bullying, y generar  procesos que permitan reconstruir la confianza en las instituciones.


No deberíamos olvidar de poder tener la visión de reconocer las desigualdades estructurales, para así evitar razonamientos simplistas sobre la pobreza y el fracaso.


No obstante, tampoco deberíamos olvidar que la empatía no significa estar de acuerdo con todos; significa reconocer la humanidad del otro, incluso cuando piensa diferente, e intentar de alguna manera “estar en sus zapatos”, para poder interpretar mejor (aunque sea en parte) la razón de su pensamiento o  visión.


Y esa capacidad puede ser la base para reconstruir una mejor convivencia social.


Quizás, la pregunta que nos debemos hacer como sociedad es ¿Cómo y cuando empezamos a desarrollar esos procesos?


Porque, sin empatía, no hay comunidad posible; y sin comunidad, el individualismo deja de ser libertad, para transformarse en soledad.


¿Podremos algún día levantar las banderas de la empatía en nuestra sociedad?






C.P.N. Ricardo Roccaro


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