Más de un millón de votos obtenidos en 2023 parecieron emborracharlo de una ambición desmedida. Sentado en el pináculo de un ego colosal, buscó, mediante cuanta artimaña jurídica e institucional estuvo a su alcance, la reforma constitucional. Para ello, puso a disposición una verdadera millonada extraída del erario público, con el fin de darle fundamento y legalidad a su posibilidad de ser reelecto.
En su fuero íntimo, el cálculo fue claro: "Con el millón de votos que tengo, gobierno dos mandatos, acumulo poder estos ocho años en Santa Fe y busco la presidencia en 2031". Ante este plan, su entorno más cercano —los encargados de manejar las cajas provinciales, tan necesarias para financiar la política, comprar voluntades, pautar con medios amigos y sostener campañas— se arrodilló frente a él, besando el anillo, al mejor estilo de una organización corporativa que hoy digita la provincia.
El senador Felipe Michlig mostró resistencia cuando Pullaro asumió, bajo la idea de que él manejaría la política y los recursos de la gestión. Hubo gritos, insultos y hasta amagos de golpes directos. Sin embargo, la tensión se disipó cuando se conformó con administrar a gusto y piacere la caja de la Cámara de Senadores, convirtiéndose en el operador en las sombras de la reforma constitucional a cambio de promesas para el segundo mandato.
Por eso, Michlig, el legislador más longevo de la provincia, atornillado a su banca desde hace varios mandatos, sale ahora a instalar públicamente la candidatura del gobernador para un nuevo período. Mientras tanto, la realidad santafesina muestra otra cara: se viene el agua de "El Niño Godzilla", la plata no alcanza y la provincia atraviesa un momento crítico.
Las pymes siguen cerrando sus puertas, el crédito productivo es inexistente y los medios de comunicación, beneficiados con pautas millonarias, construyen un relato oficial. Intentan instalar que Pullaro transita su mejor momento de cara a 2027, una afirmación que dista por completo de la realidad cotidiana.
La disputa recién comienza y dejará mucha tela para cortar. Se avecinan pactos, estrategias y nombres que se lanzarán al mar de la campaña electoral. Habrá rosca, reuniones cerradas, arreglos de pasillo, prebendas y un despliegue obsceno de dinero para pavimentar el camino de quien se autopercibe como un monarca con poder absoluto.
Sin embargo, la gestión actual se sostiene como un actor genuflexo ante el poder nacional, con el boleto picado y sin chances reales debido a una administración que camina de espaldas a la gente. A esto se le suman la altanería, la soberbia y la persecución hacia quienes osan criticarlo, rasgos típicos de un esquema político que terminó creyéndose sus propias mentiras, discrimina y utiliza discrecionalmente los recursos públicos que administra.
El escenario es claro: la provincia ha quedado en manos de una gestión dominada por el sectarismo y el clasismo, que quiere seguir aferrándose al poder y al manejo de las Cajas.
De gobernar y gestionar en beneficio de la gente, nada de nada.
Rubén Darío Faienza




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