Con planificación, logística e inteligencia, el general sorprendió y venció al ejército realista.
Cada 17 de agosto, al recordarse un nuevo aniversario del fallecimiento del general José de San Martín, vuelve a tomar protagonismo una de las mayores gestas de la historia argentina y americana: el Cruce de los Andes. La expedición iniciada en enero de 1817 no solo demandó un esfuerzo físico extraordinario para atravesar una de las cordilleras más imponentes del planeta, sino que también fue el resultado de una planificación estratégica sin precedentes.
Lejos de improvisar, San Martín diseñó durante meses un operativo que combinó logística, espionaje, desinformación y disciplina militar. Su objetivo era sorprender a las tropas españolas en Chile, asegurar la independencia del país trasandino y abrir el camino hacia la liberación del Perú, considerado el principal bastión realista de Sudamérica.
Con apenas 5.424 hombres, el Ejército de los Andes ejecutó una maniobra que todavía hoy es estudiada en academias militares de distintos países por la precisión de su planificación y la complejidad de su ejecución.
Cómo estaba integrado el Ejército de los Andes
Nada quedó librado al azar. En el campamento de El Plumerillo, en Mendoza, San Martín organizó una fuerza profesional preparada para soportar semanas de marcha a más de 4.000 metros de altura.
El Ejército de los Andes estaba compuesto por:
3.000 soldados de infantería: constituían el núcleo de la fuerza y pertenecían principalmente a los Batallones N.º 7 y N.º 8. Gran parte de sus integrantes eran afrodescendientes libertos, quienes obtuvieron su libertad al incorporarse a la campaña independentista.
742 jinetes de caballería: integraban, en su mayoría, el prestigioso Regimiento de Granaderos a Caballo, creado por San Martín. Eran la fuerza de reconocimiento y de ataque rápido del ejército.
258 artilleros: especialistas encargados de trasladar, montar y operar los cañones durante el cruce y en el campo de batalla.
1.200 milicianos y auxiliares: civiles cuyanos responsables del transporte de alimentos, armas, municiones, forraje y demás suministros indispensables para mantener operativa la expedición.
120 zapadores o barreteros de minas: avanzaban por delante de las columnas principales despejando senderos, ensanchando pasos estrechos, retirando rocas, rompiendo hielo y construyendo puentes provisorios.
50 médicos y enfermeros: integraban el cuerpo sanitario dirigido por el médico inglés Diego Paroissien, equipado con instrumental quirúrgico, botiquines y camillas especialmente adaptadas para ser transportadas sobre mulas.
La magnitud del operativo también quedó reflejada en los recursos movilizados. Para cruzar la cordillera se utilizaron 10.600 mulas, de las cuales unas 9.300 eran de carga, y 1.600 caballos. El terreno fue tan exigente que menos de la mitad de las mulas sobrevivió al descenso.
La alimentación también fue cuidadosamente planificada. Los soldados consumían el denominado Valdiviano, una preparación elaborada con charqui, grasa, cebolla y ají, que solo requería agua caliente para convertirse en un alimento energético. Además, cada combatiente llevaba ajo y cebolla para aliviar los efectos del soroche o mal de altura, mientras que el vino y el aguardiente eran administrados bajo estricto control para soportar las bajas temperaturas.
Fuente: SFA/NA




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